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DOCUMENTOS BÁSICOS

PERFILES HISTÓRICOS

(I Conferencia, 13/4/1986)

Socialismo y democracia

El socialismo constituye una tendencia y un proyecto alternativo popular profundamente enraizado en nuestro continente, en la luchas y la conciencia de nuestros pueblos. Nuestra propuesta pretende avanzar a través del desarrollo y profundización de la democracia para crear las bases de la construcción de una sociedad socialista a nivel latinoamericano.

El socialismo, como proyecto de liberación de todos los oprimidos y de quienes aspiran a una sociedad mejor, no tiene un modelo político exclusivo, pero reconoce que la democracia es un valor y un principio histórico irrenunciable, y no una mera "fase de tránsito" ni un elemento instrumental de la lucha política.

Todo régimen que implique el propósito de reglamentar las conciencias conforme a cánones oficiales, siendo contrario a la dignidad del hombre, es también incompatible con el espíritu del socialismo. Ningún fin puede obtenerse a través de medios que lo niegan. El socialismo es, en esencia, humanismo. A la actual realidad del hombre, mecanizado como simple elemento productor por las exigencias del utilitarismo capitalista, opone el socialismo su concepción del hombre integral, en la plenitud de sus atributos morales y de su capacidad creadora.

El socialismo efectivamente representa la profundización del concepto de democracia, pues lo concebimos como un régimen que eleva a su más alto nivel la democratización de la sociedad y el auto-gobierno de los ciudadanos. La democracia debe ser valorada en sí misma. Ella ha sido el fruto histórico de la lucha de los sectores populares, es decir una real conquista popular. Por consiguiente, si bien la democracia política "formal" no constituye toda la democracia, sí es parte indesligable e irrenunciable del desarrollo democrático en nuestros países. La experiencia dictatorial latinoamericana demuestra que aspectos como el "habeas hábeas", la no concentración burocrática del poder, las garantías de la libertad individual y el pleno respeto a los derechos humanos expresan un nivel primario y fundamental de organización y definición de la relaciones sociales.

Entendemos que la visión humanista, internacionalista e independiente que ha estado presente desde los inicios del socialismo latinoamericano debe ser confirmada, extendida y desarrollada. Por otra parte, es necesario asumir formas renovadas de acción política con mentalidad y responsabilidad nacional, y basadas en valores fundamentales como el espíritu crítico, la solidaridad, la libertad personal y la fraternidad política. Rescate histórico y renovación son entonces elementos básicos para la alternativa socialista de hoy.

Socialismo, estado y sociedad

El socialismo latinoamericano aspira -en conjunto con todas la fuerzas consecuentemente democráticas- a conquistar la hegemonía ideológica en el movimiento popular y, con su apoyo mayoritario y reflejado en el conjunto de organizaciones sociales y políticas populares, a asumir la conducción del Estado a fin de ir progresivamente transformando la estructura social, económica y el sistema de valores prevalecientes en la sociedad capitalista, en la dirección del socialismo.

Condición fundamental para realizar este proceso de cambios estructurales es la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil, para que ellas ejerzan la misión constitucional de garantizar la soberanía nacional. La experiencia latinoamericana nos indica que ellas pueden ser un factor esencial de la democracia y promotoras de la lucha emancipatoria. Las transformaciones democráticas recientemente ocurridas en América del Sur han sido acompañadas de modificaciones en la "Doctrina de la Seguridad Nacional" que en el pasado sirvió para legitimar regímenes dictatoriales y cumplir -desvirtuando su naturaleza- el papel de conservar el orden social. Sin embargo, la experiencia también nos indica que es fatal que ellas se comporten siempre como una institución hostil al cambio.

Las transformaciones económico-sociales son concebidas por el socialismo latinoamericano como un proceso en que se combinan diferentes formas de propiedad pública, cooperativa y autogestionaria, reconociendo un espacio para el desarrollo de la economía privada, debidamente protegido, dentro de un marco de planificación de las actividades económicas orientadas por el Estado Democrático, que interpretará fielmente los intereses de las mayorías nacionales y asegurará la participación del pueblo en la gestión y aplicación de sus decisiones.

El socialismo latinoamericano reconoce la necesidad de una fuerza política conductora del cambio revolucionario, que interprete el interés de las clases oprimidas y de la nación en demanda de la ruptura de su dependencia y de la afirmación de su soberanía.

En esta línea, la alternativa socialista debe propender a fortalecer la autonomía de los sindicatos, entidades vecinales, educacionales, culturales y estudiantiles respecto del Estado, y oponerse a los intentos de que éstos sean manipulados por los partidos políticos. La necesaria unidad en la conducción de las luchas populares debe ser compatible con el estímulo de espacios sociales y políticos de movilización que no deben ser desconocidos por un centro único. Por eso, el socialismo latinoamericano lucha en contra de las tendencias sectarias y sacralizantes de los partidos políticos, que impiden el pleno aprovechamiento de la riqueza del movimiento social o limitan sus potencialidades creadoras.

Socialismo, nación y clase

La construcción de un proyecto socialista autónomo con una perspectiva nacional y popular es compleja y requiere de respuestas y caminos originales y creativos, así como también de correlaciones de fuerzas sociales que permitan su vialidad.

Es necesario que los socialistas pongamos el acento de nuestras políticas tanto en la nación como en las clases sociales que sustentan nuestro proyecto. Planteamos que no existe una nación por encima de las clases ni existen clases por encima de la nación, puesto que toda clase social se constituye y realiza dentro de una determinada nación impregnada de sus características e intereses. Dando a la nación un contenido revolucionario. Además, la lucha por el socialismo se ha visto enormemente reforzada por el compromiso de crecientes sectores, como los cristianos, cuyas motivaciones nacen en esferas distintas a la subyugación exclusivamente económica. Su emergencia expresa la complejidad y diversidad de los distintos sujetos sociales y políticos que puedan revitalizar las fuerzas del pueblo.

En este contexto, lo nacional en la política internacional socialista no significa asumir una postura "chauvinista", sino formular políticas que interpreten el sentir general del país, e implica que el análisis de la realidad mundial debe efectuarse a partir de la experiencia propia, de las prioridades nacionales, prescindiendo de los intereses estratégicos, ideológicos o de otra especie de actores externos. La importancia de la identidad nacional sugiere que no existe un camino único para establecer el socialismo. Dentro del objetivo común y esencial de la abolición de los privilegios del capitalismo, los pueblos y los partidos eligen las vías y las formas más adecuadas a las tradiciones, estructuras, condiciones geográficas, socioeconómicas y culturales de cada país respetando el pluralismo ideológico.

Características revolucionarias autónomas, antiimperialistas e integracionistas del socialismo latinoamericano

Nuestra alternativa socialista ha sido y s revolucionaria. La condición revolucionaria del socialismo radica en la naturaleza misma del impulso histórico que él representa. No depende, por lo tanto, de los medios que emplee para conseguir sus fines. Sean esos cuales fueren, el socialismo es revolucionario en la medida en que se propone cambiar fundamentalmente las relaciones de propiedad y de trabajo, como principio de una reconstrucción completa del orden social. Se comete un error, entonces, cuando se equipara lucha revolucionaria con lucha armada. La experiencia latinoamericana demuestra que la acción revolucionaria tiene miles de facetas con potencialidad transformadora insospechada e inédita. En muchos países, la lucha por la recuperación de la democracia, su defensa como elemento estratégico para el fortalecimiento de la sociedad civil, el afianzamiento de sus organizaciones del campo popular y la búsqueda de espacios de concertación y de la más amplia participación en estas organizaciones, requieren de una disposición de lucha frente al poder constituido que es incuestionablemente revolucionaria. En este contexto, lo que interesa es que los métodos de lucha contribuyan a la más rápida formación y consolidación de un poder alternativo. Se trata, pues, de construir este poder alternativo y no solo de capturar el poder.

Lo concreto es que las opciones políticas especificas de América Latina muestran hoy una gran diversidad, desde procesos de derrocamiento armado de dictaduras tradicionales como es el caso de Nicaragua y en buena medida de El Salvador, hasta procesos de profundización de la democracia o redemocratización en países como Perú, Argentina, Brasil y Uruguay. Esta diversidad de situaciones no significa que no exista una estrecha relación entre todos estos procesos. Cada uno de ellos, de acuerdo a su particular situación nacional, está abriendo nuevos causes para un efectivo papel protagónico de los sectores populares de Latinoamérica. En definitiva, el contenido revolucionario está presente siempre y cuando -como señala el compañero Salvador Allende- que apunte al objetivo primordial del socialismo de "levantar formas distintas de convivencia de las mayorías nacionales en un esfuerzo y en tareas que pertenecen a la nación, a su destino".

Los socialistas latinoamericanos diseñamos nuestras opciones y estrategias nacionales a partir de nuestro carácter autónomo y no alineado. En virtud de esta posición es que orientamos nuestra más firme y activa solidaridad con los pueblos que luchan por su liberación, y que rechazamos toda forma de intervención y de militarización de la relaciones internacionales.

Somos antiimperialistas porque somos socialistas. No es posible una posición antiimperialista que no asuma la transformación del orden capitalista. Esto no significa, sin embargo, que no reconozcamos las contribuciones que puedan tener ciertas opciones reformistas y desarrollistas, que interpretando adecuadamente su ubicación y sentido histórico las proyectemos de acuerdo a cada realidad nacional, hacia formas más profundas de confrontación con el imperialismo. Por tanto, las tareas nacionales referidas, por ejemplo, a la recuperación de nuestros recursos, tienen que ser ubicadas en un cuestionamiento de la institucionalidad de los mercados mundiales. La lucha contra las políticas del FMI tiene que ser encuadrada consecuentemente bajo una perspectiva de fortalecimiento de los estados nacionales y de rescate de la soberanía en el diseño de las políticas económicas, frente al proceso de internacionalización de los mismos, que subordina el logro de los objetivos nacionales a la acumulación de capital en las potencias imperialistas. Por último, la lucha frente a la transferencia de recursos por concepto del servicio de la deuda externa tiene que ser concebida dentro del cuestionamiento de los estilos de crecimiento y de inserción en la economía mundial.

Nuestra opción, por eso, articula los objetivos de transformación nacional en una perspectiva integracionista que se orienta a cuestionar el orden económico internacional prevaleciente. Nuevamente tenemos que afirmar entonces -con José Carlos Mariátegui- que somos integracionistas porque somos antiimperialistas, que somos antiimperialistas porque somos anticapitalistas, y que anticapitalistas porque somos socialistas.

Ningún pueblo latinoamericano puede alcanzar por sí solo su plena liberación nacional. Nos necesitamos mutuamente. Somos fragmentos complementarios de una gran unidad perdida que ha derivado en un conjunto heterogéneo de países. Pese a las diferencias, sin embargo, además de las afinidades culturales, compartimos una historia común y, sobre todo, enfrentamos problemas comunes como la dependencia, el atraso tecnológico, la desigualdad social interna y la vulnerabilidad frente al imperialismo. Por eso, los socialistas insistimos en la necesidad de la integración económica, sultural y política de América Latina para alcanzar nuestros objetivos de transformación nacional.

Nuestra gran responsabilidad

A los partidos socialistas les corresponde una gran responsabilidad a este respecto. La intensificación de las relaciones entre los movimientos y partidos latinoamericanos que aspiran a materializar un socialismo autónomo servirá para avanzar en el camino de la integración así como para reforzar la capacidad de negociación de América Latina dentro del actual ordenamiento internacional.

Todo proyecto de construcción de socialismo -e incluso muchos intentos genuinos de reforma- en Latinoamérica han enfrentado la hostilidad del imperialismo norteamericano y diversos obstáculos transnacionales. La alternativa socialista implica, por lo tanto, el rechazo y condena de todo tipo de imperialismo y de dominación externa y consecuentemente respalda el derecho de los pueblos a la autodeterminación y la independencia nacional.

La agresión norteamericana en América Central, dirigida principalmente contra el gobierno sandinista de Nicaragua, comprueba la vigencia del componente anticapitalista y antiimperialista de la opción socialista. La firma cohesión y solidaridad latinoamericana con el pueblo nicaragüense es vital para el futuro de esta nación hermana, y también para evitar que nuestros países se vean atrapados en una lógica de guerra fría.

Por último y como complemento a lo anterior, la propuesta socialista latinoamericana de hoy rechaza la militarización de la relaciones internacionales y propugna el control del armamentismo y la reducción de los gastos militares.

En América Latina los socialistas podríamos apuntar a producir un esquema de seguridad colectiva regional basado en la conformación de una "zona de paz" mediante procedimientos negociados y flexibles. Además, la concertación latinoamericana tendiente a maximizar nuestra independencia y desarrollo debe ir acompañada de una mayor vinculación con los pueblos y países del Medio Oriente, Asia y África, que comparten problemas y anhelos comunes, especialmente en el sentido de transformar las estructuras e instituciones del actual orden económico internacional, así como de una relación activa con las fuerzas socialistas de otros lugares del mundo.

Son estos lineamientos los que precisan nuestra tarea de construir un socialismo firmemente enraizado en la realidad latinoamericana.

El socialismo tuvo y tiene un insoslayable ingrediente teórico internacionalista dentro del cual la Coordinación Regional Latinoamericana constituye una etapa de enorme significación. Esto ya de por sí justifica los esfuerzos por materializar las coincidencias de los socialistas de Latinoamérica. Por otro lado, la Coordinación Socialista es una necesidad histórica como respuesta al fenómeno imperialista y para implementar un nuevo proyecto de desarrollo de transformaciones profundad. Sin embargo, las coordinaciones internacionales unitarias, democráticas y progresistas. El imperialismo conlleva una agresión sociopolítica -a veces también militar- a pueblos y naciones, y no solamente a algunas de sus clases o sectores sociales. Por ello, la respuesta de la Coordinación Socialista, lejos de intentar competir con otras manifestaciones democráticas latinoamericanas, se propone dinamizar y fortalecerlas desde nuestra perspectiva. Así, la vocación unitaria y nacional del socialismo de cada país se traslada -aunque desde luego de una manera no mecánica- al ámbito de la integración de la gran Patria Latinoamericana. Es tarea de los socialistas contribuir a materializar las transformaciones profundad que nuestros pueblos reclaman para que, en definitiva como decía Salvador Allende "América deje de ser el continente de la esperanza frustrada".